Marrakech. La puerta del norte al desierto

Las bibliotecas del desierto. Parte I

Fue en un viaje de Marrakech a Gambia a través del desierto del Sahara hasta el África negra subsahariana. Como bibliotecario, sabía de la existencia de colecciones privadas de libros antiguos ocultos en casas familiares en medio del Sahel mauritano. Esos libros habían pasado de generación en generación desde época medieval a lo largo del camino de las caravanas entre Toledo y Tombuctú. Una vez esos caminos que iban al sur (eran mucho más que una ruta simple) formaron una red de ciudades antiguas en la Edad Media desde y hacia el territorio musulmán español llamado Al-Andalus.

Fez, Marrakech, Chinguetti, Wadan, Tirjchit, Walata… mantienen su encanto, emanan aún hoy el esplendor de su pasado y guardan esas increíbles colecciones en casas privadas, en condiciones caseras. Llegar a este territorio no es fácil, incluso hoy en día. No es posible volar directamente allí, no hay trenes ni carreteras en condiciones, por lo que es posible que debáis subiros a camionetas en ruta, camiones e incluso caminar sobre la arena del desierto a lo largo de largos kilómetros. Pero ese era mi plan, una aventura que comenzó al cruzar la puerta sur, en Marrakech.

Marrakech es una referencia. Aparte de las ciudades marroquíes de la costa norte y oeste, es el centro más importante del país y la puerta al desierto, y desde allí al resto de África. La ciudad ha pasado por todas las vicisitudes históricas de Marruecos, donde portugueses, españoles y franceses llegaron ansiosos por el control de su riqueza natural y su ubicación privilegiada.

Llegué a la ciudad desde el aeropuerto en autobús. Este es el transporte más conveniente. Hay muchos taxistas y es posible que te digan que el autobús ya no funciona, que tu hotel ha sido destruido por un terremoto y otras muchas historias para sonreír. El autobús (líneas 19 y 11) funciona de 06.00 a 23.30h y te puede dejar en Jemaa El Fna, en el corazón de la Medina, el casco antiguo.

En 1911, la capital de Marruecos pasó a ser Rabat y Marrakech quedó un segundo plano. Hoy la ciudad ha dejado atrás su pasado conflictivo previo a la independencia marroquí que tuvo lugar en 1956 y hoy vive principalmente del turismo, de productos agrícolas enlatados y verduras frescas, y es el centro comercial en su región del transporte de minerales del Atlas. A pesar de ello, la esencia de Marrakech es el comercio, en concreto el pequeño comercio, la pequeña tienda de cada esquina.

Alrededor de la Medina, se puede encontrar una versión pequeña de los nuevos barrios de Casablanca que convierten esta ciudad o lo intentan, al menos, en una metrópolis de moda que ha inspirado el mundo de la alta costura, a diseñadores, editores de revistas y algunas de las mejores modelos. Sin embargo, en la Medina el tiempo parece haberse detenido hace algunos siglos. Esta es la parte más interesante para el turista y Jemaa El Fna es el alma del casco antiguo.

Jemaa El Fna

Llegué allí un día de verano por la mañana y estaban preparando las cosas, montando las tiendas móviles de zumos de naranja, peinando el pelo de los animales y mostrando las primeras serpientes para fotos. Muchos vendedores, embaucadores y nuevos amigos muy amigables intentaron atraer mi atención. Luego me perdí en las calles estrechas bajo las coloridas sábanas colgadas que cubrían el sol eterno y resplandeciente y cometí el error de no confiar en un anciano, el único hasta aquel momento, que me mostró el camino correcto hacia algún lugar en la ciudad vieja.

Vida Callejera en Marrakech

Las paredes eran de pálido rojo y los olores, buenos o malos, estridentemente intensos. Paré un par de veces a por zumo de naranja y té a la menta y decidí que la terraza del Kif Kif Café en el borde de La Medina era mi favorita en la ciudad.

Vida Callejera en Marrakech

Al amanecer, cansado de caminar durante todo el día con una mochila llena sobre mis hombros, regresé a Jemaa El Fna. Subí las escaleras de un café con vistas a la plaza y por unos dirhams pedí un nuevo té en la terraza. Allá afuera, la multitud jugaba a las cartas, tenía conversaciones y llenaba todos los lugares disponibles, excepto uno. En la esquina había una silla libre con increíbles vistas a la plaza, parecía preparada aposta para mi propio atardecer especial. En Jemaa El Fna, parecía que los vendedores se reconvertían en camareros y muchos restaurantes sencillos habían surgido por arte de magia. Mucha gente estaba comiendo y bebiendo. Desde la distancia hasta allí terminé mi té eligiendo uno de ellos para la cena. Aún me quedaba tiempo. Después, un autobús me esperaba en la estación para un largo viaje nocturno. Revisé mi billete, todo estaba en orden. La puerta norte se abría para mí.

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