Ksars, Oasis y una bicicleta. Región de Draa-Tafilalet, Marruecos

Las Bibliotecas del Desierto. Parte III

El verano en Marruecos puede ser duro o muy duro. Y yo llevaba una idea que empeoraba las cosas. Una bici. Había leído sobre los atractivos de la ciudad de Ouarzazate y las posibilidades de acercarme a multitud de impresionantes lugares en sus cercanías, en la región de región de Draa-Tafilalet. Visto sobre mapa, las distancias eran perfectas para una aventura en bicicleta de montaña. Cuando conseguí entrar en el Camping Ouarzazate me atendió un tipo majo, me cayó bien desde el primer momento. Parecía entender todo cuanto me hacía falta a la primera y hablaba un inglés excelente. Una bici -le dije- cuando preguntó si necesitaba algo más, justo después de que me explicara donde podía plantar la tienda de campaña. “Una bici” repitió, como si se preguntara para qué demonios iba a necesitar algo así. Cabeceó un par de veces, pensativo, abrió una sonrisa después y me dijo que podía arreglarlo.  

Camino de Aït Ben Haddou

Llamó a un amigo de un pariente que a la vez llamó a un amigo que podría aparecer con la solicitada bici. No entendí de buenas a primeras cuál era la jugada y volví a caer en la pregunta maldita. “¿Cuánto cuesta?”, el tipo arqueó las cejas la primera vez y cuando insistí se encogió de hombros y me dijo que debería negociar yo mismo el precio con quien trajera la bici, que él solo quería ayudar. Y así fue, apareció un chico con una bici casi nueva, perfecta para el cometido, todo funcionaba en ella. Regateé casi por compromiso el razonable precio que me pedía, monté la tienda a toda prisa, me duché y salí a la calle con una sonrisa a darlo todo.  

Camino del Oasis de Fint

En la terraza de un café decidí que me acercaría a AÏt Ben Haddou. Aít significa familia o tribu en lengua bereber. Cada tribu ocupaba un Qsar o Ksar, pueblos amurallados, construidos en adobe donde se ubican distintas Kasbahs, viviendas familiares, y los espacios comunes como graneros, negocios de todo tipo y mezquitas. 

Ruta a AÏt Ben Haddou a unos trenta kilómetros de Ouarzazate

El Ksar de AÏt Ben Haddou está a unos treinta kilómetros de de Ouarzazate. No me pareció mucho, pero subestimé los rigores del verano marroquí. Había llegado en un día que parecía nublado y algo fresco, heredero de los pasos montañosos que había cruzado la noche anterior con aquel frío extraño que entraba en los huesos. Al principio la carretera parecía dulce, el tráfico disminuía al paso de los primeros kilómetros. Pero el sol pegaba con más fuerza a medida que avanzaba acercándome al mediodía y la calima no tardó en confundirse con el asfalto dando lugar a un horizonte impreciso, seco, casi apocalíptico. 

Camino de Aït Ben Haddou

A medio camino, se hallan ruinas de otros ksars y Kasbahs, semi derruidos, sumidos en un abandono casi incomprensible, también algunos camellos de dueño ausente. No parecía haber nadie en ningún sitio y el cansancio se mezclaba con la euforia silenciosa de sentir el estupor de un transeúnte solitario en medio de la nada. Y al final de la nada el Ksar, separado del pueblo nuevo por la carretera. 

Las casas de adobe requieren de un continuo esfuerzo de mantenimiento y reparación, que motivó la construcción de nuevas viviendas con materiales modernos a las que la población se ha ido mudando. Sin embargo, el abandono de antaño de la ciudad vieja se está revirtiendo debido al turismo, que ha substituido a las bondades para la agricultura del río Ounila como fuente de riqueza. Unos cuantos bares y restaurantes en la misma entrada dan la bienvenida a los turistas junto a los aparcamientos de autobuses que presagian los grupos de turistas que el viajero se encuentra dentro de los antiguos muros. No faltan asiáticos tomando fotografías y tiendas coloridas de souvenirs y artesanías.  

Este conjunto de kasbahs, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde 1987, es uno de los mejores conservados y más antiguos ksars del país, probablemente data del siglo XI. La que resultara antaño uno de los mayores puntos estratégicos en la ruta hacia el Este que unía la antigua Sudán con las ciudades imperiales de Marrakech, Fez y Meknes, abasteciendo a las caravanas de comerciantes, hoy era para mí la recompensa casi perfecta al sudor del pedaleo bajo el sol.   

Al día siguiente, me impuse un cambio de tercio. Entender que había antes de los ksars, como se formaron esas poblaciones y como subsistían los habitantes en un entorno tan árido, aparentemente hostil. Sobre mapa era fácil ver que los pueblos se encontraban estratégicamente colocados en los cursos de los ríos y, como era de esperar, cerca de las escasas zonas verdes entorno a ellos. Y entonces recordé la palabra mágica del desierto: Oasis. Mi Lonely Planet reseñaba un oasis a unos dieciocho kilómetros de Ouarzazate dirección sur, el Oasis de Fint

Llegar hasta allí se complicó un poco debido a que decidí saltarme la carretera para entrar en pistas de tierra. El tiempo fue igual de poco benigno que el día anterior y la calima, una pesadilla, que se sumaba a la incertidumbre de, a ratos por falta de cobertura, no tener la más mínima idea de si estaba avanzando en la dirección correcta.

Ruta al Oasis de Fint, a poco más de diecisiete kilómetros de Ouarzazate

Ni un alma a la que preguntar, nulas posibilidades de hacerme con agua o pedir ayuda. Tan solo el paisaje árido y el sentido de la orientación como guías. Y al final, echando algunos kilómetros de más, lo encontré.  

Al fondo, el Oasis de Fint

Un pueblo a medio derruir apareció envuelto en un manto de palmeras desde una curva, al poco de encontrarme de nuevo la carretera principal. Unos niños de tez oscura me saludaron cuando alcancé sus calles de camino al palmeral. Leí que los habitantes del oasis son originarios de Mali, descendientes de nómadas que acompañaban a las caravanas de comerciantes del desierto del Sahara y también algunos esclavos subsaharianos que huían y encontraron refugio allí. En la actualidad la población del oasis está entorno a los mil habitantes, repartidos en cuatro pequeños pueblos dedicados a la agricultura llamados Wangarf, Taherbilte, Timoula y Belghizi.  

Entre palmeras algunos lugareños se mostraban indiferentes ante la intromisión de mi presencia, las mujeres lavaban la ropa en un riachuelo cercano, la vida iba pasando como si yo no estuviera, pero a mí se me había acabado el agua.  

Y la vuelta sin beber se me antojaba demasiado larga. Pedaleé un poco más y al fondo de un camino divisé una casa grande que parecía tener una terraza superior con sombrillas abierta al público. Al acceder a ella vi unas acogedoras mesas bajo el porche precedidas por una bonita piscina con vistas a las palmeras. Una muchacha salió a preguntar si deseaba comer o beber alguna cosa. El Oasis seguía cumpliendo con su cometido.    

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